Pues depende de lo que entiendas por belleza.
¿Qué hacemos cuando llamamos belleza a algo? ¿Nos alejamos del mundo o, por el contrario, entramos en él de otra manera?
Si la belleza no es una cualidad de las cosas, sino eso que sucede en nosotros —esa erupción que se levanta desde la barriga y desordena por un instante la continuidad de lo real—, entonces la pregunta por su función se vuelve inevitable. ¿Es ese temblor una forma de huida o una forma de contacto?
A primera vista, podría parecer un refugio. La belleza interrumpe: abre un paréntesis, suspende la lógica cotidiana, desplaza la atención de lo que hay hacia lo que se siente. En ese sentido, se asemeja a una evasión. Mientras dura, el mundo pierde peso, o al menos deja de imponerse con la misma rigidez. La belleza introduce una especie de tregua: no niega lo real, pero lo vuelve, momentáneamente, irrelevante. Y en esa irrelevancia hay algo sospechoso, como si el sujeto se concediera un descanso que roza la fuga.
Pero esa lectura se queda corta. Porque lo que irrumpe con la belleza no es una fantasía que sustituye al mundo, sino una intensificación de la experiencia misma. No es que la realidad desaparezca, sino que cambia de régimen. Se vuelve más densa, más próxima, más difícil de sostener. El volcán no nos saca fuera: nos empuja hacia dentro de una zona donde lo real ya no puede ser administrado con la distancia habitual.
Mover un sofá, por ejemplo, no altera el orden del mundo en ningún sentido trascendente. Y, sin embargo, algo ocurre. No en el objeto, ni siquiera en la disposición final del espacio, sino en la conmoción que ese gesto desencadena. Una claridad súbita, una especie de evidencia sin palabras, un ajuste que no es del entorno sino del propio cuerpo en relación con él. No hemos escapado de la realidad: hemos tropezado con una forma más inmediata de estar en ella.
La sospecha de escapismo proviene, quizás, de que la belleza no es útil. No produce nada, no resuelve en términos prácticos, no se deja integrar fácilmente en la economía de los fines. Pero precisamente por eso abre una fisura. Nos sustrae —por un instante— de la lógica instrumental que organiza la mayor parte de nuestra relación con el mundo. Y esa sustracción puede confundirse con una huida, cuando en realidad es una suspensión.
Suspender no es negar. Es, más bien, dejar de hacer lo que siempre hacemos para permitir que otra forma de relación emerja. En ese sentido, la belleza no nos aleja de lo real, sino de una manera empobrecida de tratar con él. Nos arranca de la costumbre, de la repetición, de la mirada que ya no ve porque cree saber. Y en ese arranque, lo real reaparece —no como objeto, sino como experiencia.
Que la belleza pueda rozar el asco no contradice esto; lo confirma. No se trata de un adorno ni de una idealización ingenua. Lo que sacude no siempre es agradable. A veces desborda, incomoda, incluso repele. Pero ese exceso es precisamente lo que la acerca a lo sublime: no algo separado, sino la belleza cuando se manifiesta sin medida, cuando lo que hace en uno no puede ser reducido a placer ni a armonía.
Así entendida, la belleza no es un refugio frente al mundo, sino una exposición. No nos protege de lo real: nos lo devuelve sin amortiguadores. No nos permite escapar, sino que nos obliga —aunque sea por un instante— a habitar lo que ocurre sin la mediación de las categorías que lo ordenan.
Tal vez por eso resulta tan difícil sostenerla. Porque no se instala, no permanece, no organiza nada. Ocurre y desaparece. Y, sin embargo, deja una huella: la sospecha de que hay una manera de estar en el mundo que no pasa por dominarlo ni por comprenderlo, sino por dejarse afectar por él hasta el punto de perder, momentáneamente, la distancia.
La belleza, entonces, no es evasión. Es una forma de contacto que no sabemos prolongar.